Aprender con Curiosidad

Cuatro años en Colibrí: por qué sigo eligiendo este lugar para mi hija

El testimonio de una madre después de cuatro años formando parte de Colibrí

Mi hija lleva cuatro años en Colibrí. Y después de todo este tiempo, cuando pienso en qué ha significado este lugar para su infancia, creo que lo más importante es algo difícil de medir: ha podido crecer sin perder esa conexión tan profunda que los niños tienen consigo mismos y con el mundo.

Los niños viven las cosas de una manera diferente a los adultos. Las viven con todo el cuerpo, con todos los sentidos. Son muy sensibles y, al mismo tiempo, vulnerables.

Por eso, para mí siempre ha sido tan importante elegir bien el lugar en el que mi hija iba a pasar una parte tan grande de sus primeros años.

Después de cuatro años, siento que en Colibrí he encontrado algo muy difícil de encontrar: un equilibrio entre libertad y acompañamiento, entre protección y exploración.

Un lugar en el que mi hija ha podido ser niña.

Un entorno que deja espacio para imaginar

Creo que un niño necesita un entorno rico, pero no sobrecargado. Materiales y espacios que le permitan inventar, explorar, transformar, imaginar y probar, en lugar de decirle constantemente qué tiene que hacer.

Y necesita muchísimo contacto con la naturaleza. Pero con naturaleza viva.

Tierra, árboles, hojas, agua, lluvia, diferentes superficies, estaciones que cambian… Un jardín en el que cada día puede descubrir algo diferente.

Durante estos años mi hija no ha tenido simplemente «un rato de patio». El jardín ha formado parte de su infancia, de su juego y de su manera de descubrir el mundo.

Sentirse conocida de verdad

Pero si algo valoro especialmente de Colibrí son las relaciones.

Mi hija llega a un lugar donde la conocen. La miran, la escuchan, saben cómo es. Perciben cómo llega esa mañana y hay un interés verdadero por cómo se encuentra, por lo que siente y por lo que necesita.

Para mí eso es acompañar a un niño: no intentar encajarlo constantemente en lo que toca hacer, sino ser capaz de mirar al niño que tienes delante.

«Un niño necesita un contacto profundo, individual, cariñoso y directo. Necesita que lo miren.»

Y eso es algo que he encontrado en Colibrí.

Acompañar sin invadir

También valoro mucho que acompañar no signifique que el adulto tenga que intervenir continuamente.

Los niños necesitan sentir, probar, equivocarse, investigar, relacionarse, crear y descubrir qué pueden hacer por sí mismos.

El adulto está. Observa, protege, pone límites cuando hacen falta, ofrece posibilidades y ayuda cuando el niño lo necesita. Pero también sabe dejar espacio.

Hay algo que para mí es fundamental: no romper esa conexión tan especial que el niño tiene consigo mismo.

A veces es más importante respetar un proceso que apresurarse a enseñar algo.

Aprender desde la vida

En Colibrí también he visto que aprender no tiene por qué estar separado de vivir.

Se puede aprender construyendo, cocinando, escuchando un cuento, haciendo música, pintando, modelando, observando lo que sucede en el jardín, jugando con otros niños o resolviendo una situación que aparece en la vida cotidiana.

Y si algo no llega por un camino, se puede buscar otro.

Creo que el adulto puede ofrecer posibilidades, despertar preguntas, dar herramientas y acompañar al niño para que vaya descubriendo el placer de comprender y hacer cosas por sí mismo.

Los adultos también educan con su manera de estar

Me importa muchísimo quiénes son los adultos que rodean a mi hija.

Creo que un niño necesita adultos maduros: personas capaces de poner límites sin humillar, acompañar un conflicto sin recurrir al miedo y escuchar al niño sin dejar de ocupar su lugar de adulto.

Porque los niños aprenden también de nuestra manera de relacionarnos con ellos.

Aprenden cómo se escucha. Cómo se trata a otra persona. Cómo se atraviesa un conflicto. Cómo se cuida.

Y todo eso también es educación.

Descubrir que el mundo puede ser un lugar bueno

Quizá esto sea lo más importante para mí.

La familia es el primer lugar en el que un niño puede sentirse querido y seguro. Pero después llega su primera experiencia importante fuera de casa.

Para mi hija, durante estos cuatro años, una parte muy importante de ese mundo exterior ha sido Colibrí.

Aquí ha encontrado personas que la esperan y la conocen, amigos, vínculos, naturaleza, juego, movimiento, música, creación, libertad y cariño.

Ha encontrado un lugar al que siente que pertenece.

Y creo que cuando un niño sale de su casa y descubre que también fuera puede ser visto, aceptado y querido, empieza a construir una sensación muy profunda:

«El mundo también puede ser un lugar bueno para mí.»

Para mí, llevarse eso de la infancia tiene un valor enorme.

Después de cuatro años

Cuando elegí Colibrí sabía qué tipo de educación quería para mi hija. Cuatro años después, ya puedo mirar lo que ha vivido.

Y lo que más valoro no es una actividad concreta ni algo que pueda aparecer escrito en una programación.

Es haberla visto crecer en un espacio pequeño y familiar, rodeada de naturaleza y de personas que la conocen. Con libertad para jugar, moverse, imaginar, crear y relacionarse. Acompañada con cariño, respeto y una mirada individual.

Por eso, después de cuatro años, sigo pensando que Colibrí ha sido la mejor elección para acompañar su infancia.

Porque aquí no solamente ha crecido.

Ha podido crecer siendo ella misma.

Testimonio de una madre de Colibrí, cuya hija lleva cuatro años formando parte del proyecto.

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